Al crecer como mexicoamericana en un hogar de habla hispana, viví en carne propia las barreras estructurales existentes tanto en mi familia como en mi comunidad. Pasé mi infancia haciendo de intérprete para mis padres en consultorios médicos, en salas donde los adultos tomaban decisiones sobre nuestras vidas en un idioma que ellos no comprendían del todo. También crecí con miedo a ICE y a la deportación, cargando con una conciencia de la realidad que ningún niño debería tener que soportar. En 2009, a mi padre le diagnosticaron leucemia. Mis padres eran indocumentados, lo que significaba que debíamos pagar cada factura médica de nuestro propio bolsillo —sin seguro médico— y que no contábamos con recursos de salud mental que ayudaran a nuestra familia a procesar la situación que estábamos atravesando. Fui testigo de cómo mis padres intentaban desenvolverse en un sistema que no ofrecía orientación en nuestro idioma ni reconocía lo que implicaba enfrentarse a una enfermedad potencialmente mortal sin ninguna red de seguridad. Ahí es donde reside mi motivación profunda, una convicción que no ha hecho más que fortalecerse con cada experiencia vivida desde entonces.
Growing up as a Mexican-American in a Spanish-speaking household, I experienced structural barriers within my family and community firsthand. I grew up translating for my parents at doctors’ offices, in rooms where adults were making decisions about our lives in a language they couldn’t fully follow. I also grew up in fear of ICE and deportation, carrying an awareness most kids shouldn’t have to hold. In 2009, my dad was diagnosed with leukemia. My parents were undocumented, which meant every medical bill was paid out of pocket, no insurance, and no mental health resources to help our family process what we were living through. I watched my parents navigate a system that offered no guidance in our language, no acknowledgment of what it meant to face a life-threatening illness without a safety net. That gap is where my “why” lives, and it’s only deepened with every experience I’ve had since.
Como estudiante investigador, tuve la oportunidad de entrevistar en español a adultos latinos que padecían diabetes tipo 2 y de administrarles cuestionarios; muchos de ellos llevaban años desenvolviéndose en un sistema de salud que no hablaba su idioma, ni en el sentido literal ni en otros aspectos. Recuerdo extraer muestras de sangre para medir los niveles de A1c y escuchar, una y otra vez, cómo los participantes comentaban casi de pasada: «A veces me siento triste, pero luego se me pasa», además de mencionar la ansiedad que les quitaba el sueño, el estrés que parecía no dar tregua y la dificultad para conciliar el sueño. Sus niveles de A1c eran el motivo por el que estaban allí conmigo, pero no constituían la historia completa que yo escuchaba. Ese patrón, que se repetía en un participante tras otro, cristalizó las preguntas que me han acompañado desde entonces: ¿influyen los factores ambientales en los procesos biológicos y propician trastornos psicológicos en las comunidades latinas? Y, de ser así, ¿de qué manera podemos intervenir?
As an undergraduate researcher, I had the opportunity to interview participants in Spanish and administer questionnaires to Latino adults managing type 2 diabetes, many of whom had spent years navigating a healthcare system that didn’t speak their language literally and otherwise. I remember drawing blood samples to check A1c levels, and again and again, participants would tell me, almost as an aside, “me siento a veces triste, pero luego se me pasa,” along with the anxiety that kept them up at night, the stress that never seemed to let up, the sleep that never came easy. Their A1c levels were the reason they were in front of me, but they weren’t the whole story I was hearing. That pattern, repeated across participant after participant, crystallized the questions that have stayed with me since: Do environmental factors shape biological processes, and drive psychological disorders in Latino communities? If so, what are some ways we can intervene?
Durante mi labor de atención en crisis en el Esperanza Crisis Center, conocí a personas en momentos de gran vulnerabilidad e inestabilidad: individuos recién llegados a Estados Unidos, que no hablaban inglés y que no tenían a nadie cerca a quien recurrir cuando su situación se desmoronaba. Muchas de las personas con las que hablé provenían de comunidades que habían sido desatendidas por los sistemas de asistencia mucho antes de que yo comenzara a atender esas llamadas. La intervención en crisis me enseñó que el apoyo debe ser inmediato y humano, ofrecido sin juicios, especialmente a quienes han aprendido que los sistemas no responden a sus necesidades. Las comunidades marginadas, y en particular las comunidades latinas, merecen una atención que no les exija adaptarse a moldes preestablecidos ni minimizar su propia identidad para encajar en ellos. Por eso estoy cursando un doctorado en Psicología de la Orientación (Counseling Psychology): para seguir realizando esta labor en mi propia comunidad y abordar las desigualdades en salud mental que he presenciado de primera mano, desde ambos lados de la mesa. Es también la razón por la que Mismo Apoyo representa la continuación de una labor con la que ya estoy plenamente comprometido.
In my crisis work at Esperanza Crisis Center, I met people at their most destabilized: individuals who had recently immigrated to the U.S., who didn’t speak English, and who had no one nearby to call when things fell apart. Many of the people I spoke with came from communities that had been failed by care long before I ever picked up that line. Crisis intervention taught me that support has to be immediate and human, offered without judgment, especially to people who’ve learned that systems don’t show up for them. Marginalized communities, and Latino communities in particular, deserve care that doesn’t ask them to shrink themselves to fit it. That’s why I’m pursuing a PhD in Counseling Psychology to keep doing this work in my own community and address the mental health disparities I’ve seen firsthand, from both sides of the table. It’s why Mismo Apoyo is a continuation of work I’m already committed to.